Como de arriba a abajo.
Como de un pecho a cientos,
mi voz de oro lampante
se vierte, densa, al líquido puro.
Al árbol del Alcanfor me abato:
embalsamo al Amor
y a sus agravios,
eternalizándome
de una felicidad absurda
y homogénea.
¿Qué, qué, qué, qué, qué
hay tras de los sentires?
Áurea sonoridad,
¡vibras, tartamudeas
y te rompes
al estallido sepulcral
de una respuesta silenciosa!
Ante la viciada ignorancia de los dioses.
Ante mi que soy el Dios de mi mismo:
Un total desconocido.
Desconocedor de todo.
Álvaro Alcácer
... nadie es docto en cuestiones de amores.